~ Quodlibet Sequitur ~

Aquest text cau en un fangós reducte a caball entre la crònica i la ficció, doncs és una mena d'acta notarial literaria aixecada sobre una discussó tinguda en un sopar en el que vaig estar rodejat de gent interessant. Va ser escrita en un allunyana nit d'hiver de l'any 2004. És un plagi volgut de l'estil del narrador argentí Jorge Luís Borges, a qui admiro profundament.

Eärcaraxëþ




Quodlibet Sequitur 

El hecho aconteció en una pequeña ciudad costera, un invierno de principios de siglo. Nos encontrábamos sentados alrededor de la mesa en un restaurante argentino; el local era uno de esos sitios que parecen pequeños vistos desde afuera, pero es el mundo el que se torna pequeño visto desde dentro. En esa cena corrió la agradable compañía y corrió abundante carne. Algo tendría esa carne argentina, algo que transportó un poco del espíritu del difunto Borges a nuestra mesa, pues de sobra era conocido un carácter eminentemente práctico en la mentalidad de los comensales.

Uno de los presentes - pues no importa quien fue, creería que fuimos todos si no es que fue Él - dijo haber oído una paradoja interesante e intentó citarla. La paradoja, que era un experimento mental, versaba sobre la posibilidad de que la realidad fuese determinista en su transcurso. Sus elementos incluían: una habitación con una puerta cerrada, diversas cajas, opacas y transparentes, una máquina capaz de predecir el futuro (¿un gigantesco aparato platónico?) y cierta cantidad de plata. La plata era el elemento importante, pues sin ella el experimento perdía todo el interés.

Dudó unos instantes, pero convino que desarrollo del experimento era el siguiente: en la habitación cerrada se disponían dos cajas, una de transparente que contenía una respetable cantidad de plata, y otra de opaca; un sujeto se disponía a entrar en la habitación, antes de hacerlo la máquina platónica entraba en funcionamiento y predecía lo que se disponía a hacer, pero no se lo comunicaba. El sujeto tenía la posibilidad de salir de la habitación con una, las dos, o ninguna de las cajas, la máquina actuaba previamente a su entrada depositando una vergonzosa cantidad de plata en la caja opaca o dejándola vacía, todo en función de las intenciones del mismo. Si el sujeto salía de la habitación con la caja opaca, esta habría sido dejada vacía, si lo hacía sin ella, habría perdido la plata.

Después de reflexionar sobre lo dicho, algunos nos dimos cuenta que el modus operandi no parecía adecuado. Yo mismo argumenté que la situación no encerraba ninguna paradoja, pues si el mundo era determinista las acciones no podían incurrir nunca en ninguna contradicción; la máquina podría predecir correctamente que caja se sacaría de la habitación, en consonancia el contenido sería siempre el adecuado. Algunos de mis amigos insistieron en que la mera apertura de la caja alteraría el status quo de la realidad y provocaría paradojas, como la caja de Pandora pero quedando la plata en el fondo. Alguien mencionó a Schrödinger y a un gato, e intentó perdernos en la teoría cuántica.

Al no poder comprender la paradoja, dejamos que el diálogo siguiese su curso natural. Tomando el orden lógico, intentamos determinar si la realidad era determinista o no era determinista, si el destino estaba escrito (en las estrellas o en las Escrituras, tanto da) o confiábamos en un tímido libre albedrío. Imaginé que la discusión se estancaría en un problema insoluble hasta que alguien dijo que el determinismo era algo contingente, accesorio, y no constituía un atributo relevante de la realidad. Personalmente, siempre he creído que la filosofía debe proporcionarnos teorías estimulantes y aplicar la navaja de Ockham para seleccionar la mas interesante, empecé a plantear si no era mas sugerente una teoría que dictase que la realidad era "no computable", o sea, determinista pero imposible de calcular su evolución a partir de un instante dado.

Me respondieron que esa teoría ya había sido ensayada por eminentes físicos; toda la realidad se podía articular como un juego de partículas, -el juego que se remontaba a los atomistas clásicos,- nivel en el que aparecería el principio de incertidumbre de Heisenberg para propagar su inexactitud; y también que no era filosóficamente interesante. En un caso extremo -al parecer nunca ensayado en laboratorio- el intento de determinar la posición absoluta de todas las partículas de un cuerpo conducía a su inevitable destrucción, pues la mera observación sacudiría su estructura y disgregaría sus componentes.

- No, - dije yo. - No me refiero a esta forma de aleatoriedad, pues la homogeneidad estadística la compensa, me refiero también a problemas de índole macroscópica.

A continuación intenté desarrollar parte de la teoría de la computación. Las caras de los comensales demostraron que fue un intento infructuoso por mi parte, y me sentí como la primera vez que vi la obra de Gödel archivada entre la Ilíada y el Kalevala. Creo que la siguientes palabras resultan mas adecuadas que las pronunciadas esa noche, a pesar que sean un mero panegírico de otros pensadores:

«Imaginemos, -empecé,- que tenemos una máquina muy compleja, una máquina que puede efectuar cálculos matemáticos con números enteros. Supongamos que sea capaz de dividir dos números muy grandes y encontrar su resto. Esta máquina podría ser un sencillo modelo de Laplace o un moderno aparato electro-mecánico, en cualquier caso nos serviría. Ahora supongamos que la podemos ampliar para que ejecute procedimientos más complejos, por ejemplo, con el concepto de número primo. La máquina podrá ejecutar sucesivas divisiones sobre un número y decir si es primo o no lo es. No hay una diferencia esencial en la magnitud de las dos operaciones, tanto la primera como la segunda máquina son posibles de construir.
 » ¡Ahora vayamos un paso más lejos! La máquina tendrá poder para efectuar un cálculo más complejo. Para cada número par intentará encontrar dos números primos cuya suma sea el dicho número. Esto es un procedimiento mecánico muy simple, en realidad. Empezando por el número cuatro probamos la suma de todas las parejas de números primos menores que cuatro, - a saber, uno, dos y tres, - hasta encontrar una que sume cuatro, a continuación repetimos el procedimiento con el seis, después con el ocho, y así sucesivamente. Nuestra máquina automática se detendrá y tocará una campanilla si encuentra un número par que no pueda expresar como suma de dos números primos.
 » Reconozco que es un sistema farragoso y poco sutil, pero se verá que es extraordinariamente revelador. Este misterioso, y seguro que enorme, artefacto cumple un propósito oculto; con su proceder está intentando refutar la conjetura de Goldbach, que propugna que todo número par es la suma de dos primos, y cuya demostración ha ocupado las mentes más agudas durante más de un siglo. Es evidente que si no somos capaces de demostrar o refutar la conjetura tampoco podemos predecir, vía análisis mecánico, el comportamiento de la máquina.
 » Me doy cuenta, compañeros, que planteo un dudoso paralelismo, pero es una concesión en pos de una mayor simplicidad. Existen enunciados matemáticos cuya demostración se ha demostrado que no existe, y sería más adecuados para este caso, pero os mostraré una paradoja que ejemplifica totalmente mi punto de vista.
 » Si la realidad es "calculable", en el sentido expuesto antes, podríamos establecer una serie de formulas y reglas para determinar si una simple máquina de calcular se detendrá algún día para producir un resultado. Al ser un procedimiento mecánico también se podría construir una máquina-juez que lo evaluase; sería una máquina algo más simple que esa en la anterior paradoja, pues solo necesitaría conocer la mecánica racional. Dada esta máquina, sea la que sea, los detalles no son importantes, se podría construir una máquina más ambiciosa, que reprodujese el funcionamiento de la máquina-juez, y que actuase al contrario de lo que esta dijera. Podría girar infinitamente si la máquina-juez dictaminaba que se detendría, y viceversa. La auto-contención de este aparato, la posibilidad de reevaluar sus propias acciones es lo que le confiere el poder de trascender sus propias reglas y socavar así los cimientos del determinismo.
 » Por tanto, -proseguí,- no hay un procedimiento establecido para decidir si una máquina se detiene o no lo hace, no puede existir tal procedimiento. Por tanto mi razonamiento dice que aún aceptando el determinismo, y un mecanicismo cartesiano como esencia del mundo, es improbable que seamos capaces de conocer nuestros destinos. Aceptando un mundo más complejo que un motor, el determinismo es inasumible; ni en una pesadilla malebranchiana podemos justificar la predicción del futuro. Y no solo ahora, nunca lo lograremos.»

Si fuera poseedor de una razón más afilada, esa noche podría haberme hecho entender, y exponer un razonamiento coherente; pero no lo conseguí. Por consiguiente la discusión tomo otro cambio de rumbo, pasamos a la epistemología y al propio concepto de realidad.

Alguien adujo que no podíamos conocer la realidad, pues todo era externo a nuestra mente y no había constancia directa. A mi derecha se respondió con un "cogito, ergo suum", contra el cual coincidimos en afirmar que Descartes había roto falsamente su solipsismo. Hubo quien se declaró en contra de esto tan solo para llevar la contraria, y posteriormente afirmo que solo él existía y nosotros éramos creaciones de su mente; las paradojas eleáticas, la música de las esferas, el budismo zen y nosotros mismos no existíamos más allá de las fronteras de su mente, lo cual le elevaba a la categoría de Dios. Esto desató chanzas en la mesa y nos detuvimos para consumir más carne argentina.

No pocas veces se ha preguntado el hombre si puede confiar en la existencia de lo que él cree realidad, algunos llegamos a la idea que la mesa en la que cenábamos tanto podía ser una mesa como podía ser una botella o un tesseract, solo era importante cómo la llamásemos nosotros. Un atisbo de Kant se debía en estos morosos razonamientos, el fenómeno contra el noúmeno, e intentamos esclarecer también el problema de la definición del tiempo y del espacio. Pero no profundizamos en la filosofía Kantiana porqué antes preferimos llevarla al extremo del ridículo. Nuestra vanidad no conocía límite y afirmamos que la mesa podía ser un objeto distinto para cada uno de los comensales, igual que alguien que confunde el nombre de los colores no puede ser nunca descubierto por ello, y que cada uno de nosotros participaba de un universo de objetos distinto, propio y disjunto de los otros. Nos podríamos haber entretenido comentando los diálogos de Berkeley, pues era un momento propicio, pero tampoco lo hicimos, visto que los universos disjuntos eran tentadores.

Uno sugirió el problema epistemológico de la comunicación. Otro intentó argumentar con razones psicológicas la posibilidad de que el lenguaje no fuera comprendido igual aún entre personas dotadas de iguales sentidos. El lenguaje, argumentó, solo puede transmitirse mediante la palabras del propio lenguaje, por tanto la significación de cada palabra se apoya en el conjunto de todo el idioma, y a su vez este lo hace sobre la impresión que hemos sacado del mundo a través de nuestros sentidos; por tanto no sería imposible que todo el lenguaje de un hombre estuviera estructurado sobre sus conceptos de forma distinta a cómo podía estarlo en otro hombre y que, en consecuencia, no se pudieran entender mutuamente.

Este enfoque cayó en el sofismo primero y en la lacra nihilista después. La realidad no es cognoscible, si es cognoscible no es comprensible, y si es comprensible no es comunicable, afirma un adagio helénico. Nosotros habíamos intentado probar el último eslabón de la cadena y estábamos cerca de los otros.

Desmitificadoramente, cometí el error de mencionar la contingencia para con nuestras vidas que suponían estos temas; irónicamente, ni la ciencia ni la vida cambiarían por causa de la existencia o no existencia de una realidad sobre la que actuar. Era la puerta del escepticismo, que se cernió sobre la mesa amenazando con alienar nuestra condición de pensadores por una noche.

Hasta que una voz al otro extremo de la mesa se abrió paso para decir:

-Tengo la solución.

Todos callamos.

-Podemos hacer otro experimento mental, este será definitivo.-Asentimos.-En una mesa redonda se sientan ocho filósofos griegos, cavilando sobre la existencia del universo (esa gran broma cósmica), en el centro de la mesa hay una gran fuente de la que servirse. Cada filósofo coge el tenedor que tiene a su derecha con la intención de llenar su plato, pero solo logra intentos infructuosos usando un solo tenedor. Los filósofos llevan la mano a su izquierda pero solo encuentran una servilleta, pues el otro tenedor está en posesión del filósofo de su izquierda. Cada uno de los comensales cree que lo mejor que puede hacer es meditar un rato más sobre sus singulares filosofías y que ya alcanzará el otro tenedor cuando su vecino lo deje. Demasiado absortos como para hablar, los filósofos esperan, construyendo sus atemporales castillos de cristal, dormidos en sus torres de marfil, un plato que nunca llega. Yo propongo que por nuestra parte, ¡pidamos mas cucharas y ataquemos los postres!


Hora mas tarde, en la soledad de mi lecho, comprendí el verdadero y atroz funcionamiento de la paradoja, aquel que no habíamos sido capaces de deducir durante la cena. Si se permitía que el sujeto abriera la caja estando aún dentro de la habitación podría volver a decidir y... la realidad estallaría o... quodlibet sequitur.

Eärcaraxë Març 2004




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Etern retorn